jueves 18 de junio de 2009

Improvisation in Beijing


Allen Ginsberg (1926 - 1997)
I write poetry because the English word Inspiration comes from Latin Spiritus, breath, I want to breathe freely.
I write poetry because Walt Whitman gave world permission to speak with candor.
I write poetry because Walt Whitman opened up poetry's verse-line for unobstructed breath.
I write poetry because Ezra Pound saw an ivory tower, bet on one wrong horse, gave poets permission to write spoken vernacular idiom.
I write poetry because Pound pointed young Western poets to look at Chinese writing word pictures.
I write poetry because W. C. Williams living in Rutherford wrote New Jerseyesque "I kick yuh eye," asking, how measure that in iambic pentameter?
I write poetry because my father was poet my mother from Russia spoke Communist, died in a mad house.
I write poetry because young friend Gary Snyder sat to look at his thoughts as part of external phenomenal world just like a 1984 conference table.
I write poetry because I suffer, born to die, kidneystones and high blood pressure, everybody suffers.
I write poetry because I suffer confusion not knowing what other people think.
I write because poetry can reveal my thoughts, cure my paranoia also other people's paranoia.
I write poetry because my mind wanders subject to sex politics Budhadharma meditation.
I write poetry to make accurate picture my own mind.
I write poetry because I took Bodhisattva's Four Vows:
Sentient creatures to liberate are numberless in the universe, my own greed ignorance to cut thru's infinite, situations I find myself in are countless as the sky okay, while awakened mind path's endless.
I write poetry because this morning I woke trembling with fear what could I say in China?
I write poetry because Russian poets Mayakovsky and Yesenin committed suicide, somebody else has to talk.
I write poetry because my father reciting Shelley English poet & Vachel Lindsay American poet out loud gave example–big wind inspiration breath.
I write poetry because writing sexual matters was censored in United States.
I write poetry because millionaires East and West ride Rolls-Royce limousines, poor people don't have enough money to fix their teeth.
I write poetry because my genes and chromosomes fall in love with young men not young women.
I write poetry because I have no dogmatic responsibility one day to the next.
I write poetry because I want to be alone and want to talk to people.
I write poetry to talk back to Whitman, young people in ten years, talk to old aunts and uncles still living near Newark, New Jersey.
I write poetry because I listened to black Blues on 1939 radio, Leadbelly and Ma Rainey.
I write poetry inspired by youthful cheerful Beatles' songs grown old.
I write poetry because Chuang-tzu couldn't tell whether he was butterfly or man, Lao-tzu said water flows downhill, Confucius said honor elders, I wanted to honor Whitman.
I write poetry because overgrazing sheep and cattle Mongolia to U.S. Wild West destroys new grass & erosion creates deserts.
I write poetry wearing animal shoes.
I write poetry "First thought, best thought" always.
I write poetry because no ideas are comprehensible except as manifested in minute particulars: "No ideas but in things."
I write poetry because the Tibetan Lama guru says, "Things are symbols of themselves."
I write poetry because newspapers headline a black hole at our galaxy-center, we're free to notice it.
I write poetry because World War I, World War II, nuclear bomb, and World War III if we want it, I don't need it.
I write poetry because first poem Howl not meant to be published was prosecuted by the police.
I write poetry because my second long poem Kaddish honored my mother's parinirvana in a mental hospital.
I write poetry because Hitler killed six million Jews, I'm Jewish.
I write poetry because Moscow said Stalin exiled 20 million Jews and intellectuals to Siberia, 15 million never came back to the Stray Dog Café, St. Petersburg.
I write poetry because I sing when I'm lonesome.
I write poetry because Walt Whitman said, "Do I contradict myself? Very well then I contradict myself (I am large, I contain multitudes.)"
I write poetry because my mind contradicts itself, one minute in New York, next minute the Dinaric Alps.
I write poetry because my head contains 10,000 thoughts.
I write poetry because no reason no because.
I write poetry because it's the best way to say everything in mind within 6 minutes or a lifetime.

martes 13 de mayo de 2008

El sentido de la Universidad



La universitaria, después del ejército y la iglesia, es una de las más antiguas instituciones humanas. Por sus fines originarios comporta el carácter humano incluso en mayor medida que las dos anteriores, las cuales en distintas épocas históricas y lugares geográficos han hecho uso de la universidad, mucho más reciente y social que las primeras, para perseguir fines de dominación que desvirtúan el sentido originario de la máxima academia.
Es asimismo, en el presente histórico de Venezuela, una institución muy amenazada políticamente, en méritos de la particular circunstancia histórica que esta sociedad en disolución atraviesa, más allá de los problemas propiamente materiales, intelectuales y espirituales que la academia ha venido confrontando en todos los países, a medida que el impacto del movimiento democratizador de las sociedades crece en términos de cuestionar directamente el rol social de la Universidad.
El debate público acerca de la Universidad y la educación venezolana en general, se halla planteado en tales términos que difícilmente el resultado del mismo sea distinto de un empeoramiento en los problemas existentes, aunque mucha gente se aferra a una única y mágica solución: hacer tabla rasa. Tal percepción, políticamente interesada, o no tanto, no pasa de ser un desideratum.
Sin embargo, si ya resulta problemático en los tiempos actuales de Venezuela abordar esta problemática, no por ello hay que abandonar el esfuerzo de pensar nuestras instituciones, la universitaria en particular, de manera abierta, creadora, libre e incluyente. En una Facultad de Humanidades, con mayor razón, a menos que la misma se haya vaciado de contenido, y sólo conserve, insinceramente, el nombre.
Por su naturaleza, la Universidad está constantemente expuesta a que los vicios de la sociedad se vean reproducidos en ella, quizá como expresión de un círculo vicioso, un juego de espejos, una positividad que impide incluso mirar los problemas con la sinceridad y la objetividad con las que conviene afrontarlos para alcanzarles solución democrática e inclusivamente apropiada.
Así, si en la sociedad se amenaza la libre expresión, si se persigue al que tiene una opinión distinta, si se utiliza el poder para perseguir fines exclusivamente particulares, si se acorrala y desprestigia a los individuos por denunciar las falencias de esa sociedad, resulta difícil, una vez que se acepta un esquema de prácticas políticas fascistas, que tales actitudes no se pongan en práctica también en instituciones como las Universidades.
Cuando una institución semejante deja de cumplir su cometido social, alejándose del espíritu según el cual surgió y tuvo su desarrollo, se torna imposible esperar de ella otra cosa que la degeneración intelectual y ética: el fin de tal proceso es, no se dude, la disolución.
A este respecto, llama la atención uno entre varios casos recientes suscitados en la Escuela de Filosofía de la Facultad de Humanidades y Educación de la UCV. En este caso, ciertas opiniones emitidas por un profesor de dicha Escuela, antiguo director de la misma, le han otorgado el galardón de un voto de censura “moral” por parte del Consejo de Escuela.
A raíz de la muerte de un alumno de la Escuela, tesista tutoreado por el Profesor José Rafael Herrera, éste último alega haber solicitado para el fallecido bachiller, la concesión post-mortem del título de Licenciado. A quien esto escribe, los representantes estudiantiles ante ese cuerpo le han asegurado, además, haber elevado a la consideración de ese organismo tal petición.
También nos fue referido por los compañeros estudiantes que la Escuela había, formal e informalmente, rechazado la petición, alegando que “no se podía”, aparte de otros alegatos que se aportan en el documento donde se acuerda el referido voto de censura.
Me interesa plantear la cuestión en términos estrictamente humanos, porque creo que hacerlo así arrojará luz sobre el problema ético que hay en esta institución.
- ¿Por qué no puede hacerse? – preguntaría.
- Porque no está contemplado en la ley – me responderían, muy probablemente.

Y tendrían razón: legalmente, no se puede.
Sin embargo, pensando que la legalidad muchas veces no sólo tiene falencias, sino que incluso sucede que se la diseña a propósito para fines opresivos y excluyentes, volvería a cuestionar:
- ¿En verdad es esto así? ¿No puede hacerse una excepción?

Y aquí es donde invito a que nos detengamos a cuestionar el asunto. ¿Quién gana y quién pierde en este asunto? ¿El profesor Herrera? ¿De qué manera se beneficiaría dicho docente con ello? ¿Qué pierde la Escuela si otorga un título post-mortem? ¿Acaso el fallecido dañará la imagen de la institución con su desempeño profesional? ¿No hay antecedentes para esa clase de concesiones? ¿No se ha otorgado nunca un título en esas condiciones a algún alumno? Según entendemos, sí ha sucedido antes, por ejemplo, con los fallecidos en el accidente de las Islas Azores, en 1976.
¿Por qué merecería el fallecido tal distinción? Veamos. Según entendemos, fue un estudiante de buen desempeño y un atleta destacado, que en varias oportunidades representó a la Universidad en competencias interuniversitarias, obteniendo galardones y reconocimientos en las mismas, incluido el mérito estudiantil otorgado por la Escuela. Fue, además, preparador de Filosofía de la Praxis y Representante Estudiantil ante el Consejo de Escuela.
Sólo le faltaba defender una tesis, lo cual le impidió, entre otras circunstancias, la ceguera advenida al final de una dolorosa cadena de desmejoras de salud graves, soportadas durante tres o cuatro años, como resultado de una depresión profunda, de lo cual ningún humano está, que sepamos, exento, que finalmente produjeron su deceso.
Resulta difícil que en tales condiciones el fallecido tuviese la sindéresis suficiente para plantear las cosas de la manera más adecuada y precisa, seguir debidamente la burocracia esperada, a la hora de pedir consideración para su caso. Si ya para él resultaba trabajoso desplazarse ante el cambio radical que sufrió en su existencia, me cuesta imaginarlo con ánimo para realizar el cursito para manejar aplicaciones computarizadas que, supuestamente, contiene “la solución”.
Constituye una distinción muy estúpida, en este caso particular, la de si la supuesta tesis estaba terminada, a medio camino, o sólo pensada. Personalmente, me constan los niveles de deterioro físico a que llegó el fenecido, pues presencié en varias oportunidades cómo hacía el esfuerzo de acudir a presentar los avances de su trabajo a su tutor, acompañado de quien le ayudaba a transcribir el trabajo, aparte de prestarle asistencia humana.
Es ésta una cuestión de simple humanidad, algo que se tiene o no se tiene. Y se solucionaba fácil, incluso con ventajas de imagen para la institución. Sin embargo, la arrogancia impidió ver el asunto más que como una solicitud del Profesor Herrera. La soberbia, el afán de pisotear, convirtió en un trastorno político una solicitud meramente académica.
La única persona que pudiera obtener, quizà, algún consuelo espiritual por la concesión de ese título de Licenciado post-mortem sería, en el mejor de los escenarios, la madre del fallecido que, a fin de cuentas, fue quien vivió el dolor de ver cómo un hijo suyo, sano y vital hasta no hace mucho, se desintegró ante ella en tan poco tiempo.
Lo del voto de censura me recuerda la actitud de escándalo que Jesús criticaba en los fariseos. Hay una falla humana en la manera de abordar el caso, porque prioriza el castigo para el disidente, y se desentiende de la petición concreta, lo cual revela cierta incapacidad de ponerse en el lugar del otro, de entender que la vida no acontece en línea recta, que no todo está dispuesto de antemano en una vitrina, esperando que el viviente lo utilice. Aún cuando eventualmente enmienden la plana, la primera actitud sugiere que la jerarquía de valoraciones de ese cuerpo tarda en llegar a la humanidad de los problemas.
Un amigo, profesor en el área de literatura, me hizo una vez la observación de que “los filósofos se la dan de profundos”. Según creo, muchas personas que cultivan los estudios filosóficos adoptan tal actitud intelectual, a tal extremo que se desconectan de las emociones y de la vida. Se deshumanizan, se maquinizan y alienan a tal punto que ya no pueden seguir sino el desnudo rastro de su propia voluntad. Es lo que, al parecer, sucede en la citada Escuela. En un ejercicio de autocomplacencia, se ordenan decapitaciones desde oficinas virtuales, mientras se pretexta compartir una taza de café.
No vemos ningún problema para expresar nuestra opinión con total libertad, porque es un requisito de la sociedad que aspiramos. Además, es obscena, absurda, brutal y sucia, la fuente del temor que algunos compañeros tienen a emitir cualquier comentario en un ámbito que se ha tornado bastante policial, aparte de que los eventuales pases de factura a la hora de presentar cualquier trabajo de grado no hablarán, moralmente, tanto del evaluado como de quien evalúa.
Por otra parte, si pese a no haber abierto la boca uno nota en los pasillos de dicha Escuela actitudes evasivas en quienes al parecer asumen que uno dejará de existir si no es saludado - o quizá piensan que quienes difieren de sus ejecutorias, o simplemente sean amigos del profesor Herrera padecen de algún mal contagioso que es preciso erradicar, darle solución final-, no encontramos razón para no aportar motivos válidos para que tal evitación, sugerida por la ignorancia y otros ingredientes, resulte conscientemente justificada.
El problema era un problema humano, fácil de resolver, siempre que hubiese voluntad humana y política para hacerlo. Ante tales episodios uno se pregunta si acaso la capacidad de atender un problema humano concreto se ha perdido irrecuperablemente en nuestra sociedad y en sus instituciones.
Cosa veredes, Sancho.

martes 1 de abril de 2008

Ciudadanismo

Entrampados como estamos, el devenir histórico de la sociedad venezolana en el porvenir más inmediato parece aterrorizante. Siendo un país cuyas ventajas y expectativas, a pesar de las amenazas sociales quizá obvias que lo determinaban hace diez años, eran mayores para el colectivo que cualquier caracterización negativa, hemos realizado un tránsito que nos aleja de mejores posibilidades.
El actual presidente de la república indudablemente pasará a la historia como un héroe extraño, semejante al delantero de fútbol que, sólo ante el arco, habiendo dejado regado a todos los defensas y al portero contrarios, con toda la multitud en el estadio gritando exultante de alegría “¡Venezuela!, ¡Venezuela!”, pues con el seguro gol de nuestro atacante clasificaremos por primera vez a un mundial de mayores, a tres metros del arco patea con tal furia el balón que éste, violentamente proyectado, golpea el travesaño horizontal y rebota con tanta fuerza que se devuelve al campo contrario, nuestro campo de defensa. Habiendo todos descuidado la marca, ansiosos de celebrar el gol imposible de fallar por nuestro delantero estrella, con nuestro portero adelantado, el balón rebota alto, baña a todos y se establece burlonamente en el fondo de la malla patria. Autogol. Eliminada Venezuela.
La visión política del país que en estos escritos se plantea intenta desprenderse del momento histórico presente, colocarse en una perspectiva que permita abarcar las posiciones actualmente en contradicción, una más definida que la otra, para tratar de delinear un planteamiento cuya posibilidad sólo se halla en nuestro horizonte temporal y espacial.
Para alcanzar ese estadio social, que a falta de mejor denominación prefiguro como ciudadanismo venezolano, debemos recorrer mucho camino, debemos detenernos ante muchas puertas que nos presentarán escenas desagradables, y debemos hacerlo todos. Hay muchos ascos que deberemos abandonar.
El paradigma inmediato del paño caliente nos ha llevado a cometer, una y otra vez, errores sociales graves, que determinaron el deterioro moral de la colectividad. Por tal razón me opongo a la creencia sostenida durante tanto tiempo por Uslar y otros pensadores con respecto a la necesaria preponderancia de una élite.
En Venezuela tal paradigma nunca funcionó con un sentido de honor aristocrátio, porque precisamente el universitarismo licenciado, ingenierizado y doctorado de la primera mitad del siglo XX, fue incapaz de dejarnos una mejor sociedad, pues no aprendió a valorar a los excluidos, y no creo que haya mejor prueba de la bondad de un proyecto organizacional que sus resultados en el mediano y largo plazo. Poco cambio ha surgido de las generaciones posteriores.

Título no hace gente. Si no me cree, piense qué puede significar que algunos de nuestros futuros profesionales, a los que escaso cuestionamiento les produce tal situación, salgan de las aulas de clases universitarias a emborracharse, hacer ruido y necesidades en un callejón sucio y maloliente, actual hogar nocturno de indigentes.
La anarquía actual, que será muy difícil de superar, sobre todo con las propuestas de exterminio y aniquilación recíproca que a diario se intentan, nos deja históricamente en la misma situación: es un proyecto que desprecia y no quiere al humilde, al excluido, y lo convierte en voto alimentado, en apoyo incondicional, utilizando para ello su ignorancia de lo social, convirtiéndolo en la primera fuerza de choque del desconocimiento al otro.
Y la oposición actuante políticamente parece sólo querer sustituir al actual funcionariado público para ejercer un dominio demagógico que no se diferenciará mayormente de lo actual, no tendrá intención ni capacidad de superar la grave exclusión en la que permanece la mayoría de la población venezolana, así muchos hayan comido, hayan conocido el aseo, la ropa nueva y los salones de “clase” últimamente.
De manera que tenemos el reto de generar proyectos sociales nuevos para Venezuela, que comiencen por el ser humano y permitan generar, desde nosotros mismos, una ciudadanía autóctona, consciente, educada, crítica, integral. Los recursos existen. Lo que no existe es voluntad política. Hacer otra cosa es defender instituciones podridas e ideas muertas.

miércoles 26 de marzo de 2008

Todos deben ingresar a la educación superior

Para quien esto escribe, la respuesta es clarísima y sencilla: todo aquel que lo desee.
En consecuencia, debemos aproximarnos al análisis de las razones por las cuales tal utopía no se cumple.
Me propongo evadir, sin dejar de reconocer su existencia, el estorbo de las tradiciones de exclusión practicadas por nuestra sociedad a este respecto. Ya se ha dicho en un escrito anterior que nuestra situación inicial se caracteriza por la desigualdad. Poco progreso y mucha barbarie intuyo en buscar culpables. También he concluido que me parece un problema que concierne a la totalidad de los conformantes de esta sociedad, aspirantes a la futura ciudadanía venezolana.
Para nosotros se trata de buscar la manera de lograr la inclusión como posibilidad para todos. En consecuencia, debemos responder a los condicionamientos negativos iniciales, a saber: a) el nivel socioeconómico; b) la procedencia de los niveles educativos inferiores; c) la oferta disponible.
Antes de asumir este análisis, es preciso dejar claramente sentado lo siguiente: la característica primordial del ser humano es su individualidad, su diferencia, su especificidad. De manera que la desigualdad es natural e irreconciliable, en cuanto ser humano único. Nadie es normalmente otro, sino sí mismo. Pretender la igualdad a ultranza es, más que absurdo, inhumano, negación de la humanidad.
Pero ello no quiere decir que toda desigualdad es natural. Una desigualdad como la que caracteriza la composición de los beneficiarios de nuestro sistema educativo, es una desigualdad humanamente construida. En consecuencia, es transformable. ¿Cómo? Reconociéndola, pensándola, proyectando su superación. Como afecta al todo social, todos los ciudadanos deben participar en la construcción de la solución.
Esto añade problemas, porque no todos estamos igualmente preparados para esa ciudadanía, para esa participación constructiva. La causa de ello está en nuestra desigual sociedad, producida por nuestros excluyentes procesos educativos.
Esa es la situación que debemos enfrentar y superar. La sociedad que debemos construir, aunque pueda parecer risible, debe ser tal que un limpiabotas tenga la misma comprensión básica de la importancia de la educación que un doctor en pedagogía. Porque muy probablemente los descendientes de ambos sean usuarios de nuestro sistema educativo.
Veamos entonces, qué podemos encontrar en las tres áreas del problema especificadas.
Pero primeramente, preguntémonos lo siguiente: Tal como funciona actualmente, ¿sirve para algo la educación venezolana?
La respuesta parece sencilla. Habrá quien diga que esto es lo mejor del mundo y sus alrededores. Otro dirá que es una cloaca abierta. ¿Cuál es nuestro criterio para decir que está mal o que está bien?
Provisionalmente, a lo Descartes, diré que me parece que el sistema educativo actual está mal, entre otras cosas, por los resultados observables a cada instante en nuestra conducta pública y en la calidad de nuestra vida material, violenta, sucia, triste y corta, como proclamaba Hobbes. Dejo a la consideración de cada uno de Ustedes la decisión de si nuestro sistema educativo funciona bien o mal.
Lo que no creo que sea debatible es que sea un problema concerniente a todos, ya que, hasta ahora, los títulos que validan la educación que recibimos los otorga la sociedad a través de las instituciones del Estado. No es que yo me leo una pila de libros y ya, soy culto y educado. Hay un reconocimiento institucionalizado de la educación que recibimos, que es una educación social, cuya responsabilidad le hemos encomendado nosotros, en cuanto sociedad, al Estado cuya organización hemos aceptado.
Sé bien que esto no se comprende así, pero hacia esa comprensión debemos entre todos enrumbar la sociedad.
¿En qué se expresa la educación?
A mi modo de ver hay dos dimensiones en las cuales se manifiesta la educación. Cuantitativamente, podemos atenernos al aumento o disminución de la matrícula escolar. Aquí se da el siguiente encadenamiento: como el costo de mantener un niño en la escuela es muy grande para un ingente número de familias pobres, la deserción es mayor en los niveles socioeconómicos C, D y E. Cualitativamente, problemas de diversa índole, entre los cuales son muy importantes los aspectos de infraestructura, salud y seguridad, así como la atención al docente por parte del Estado, determinan que la formación del estudiante en tales sectores presente carencias que la colocan en una relación de desventaja con respecto a lo que acontece en los restantes estratos socioeconómicos.
Como resultado, la clase socioeconómica es un factor que genera desigualdad en la conformación del acceso a la educación superior, puesto que llegan a optar a tal educación menor número de sus componentes, con una desventaja añadida en aspectos que inciden en la formación como la autoestima, el apoyo familiar y la seguridad en sí mismo.
Una iniciativa como las misiones educativas pudiera ser una medida contingente apropiada para detener la profundización de la desigualdad, siempre que se implemente temporalmente, de manera abierta, y se la destiña de la mancha ideológica que en nuestros días ha contraído. Pero hasta allí. Si nuestra educación anterior fuese buena, jamás nadie en su sano juicio hubiera pretendido que tres meses o un año de barniz de objetivos educativos logran lo mismo que once años de maduración intelectual y psicoemocional en el ciclo educativo normal.
Luego está el aspecto de la diferencia cualitativa que se observa entre la educación pública y la privada. En Venezuela, hace mucho tiempo que los gobernantes y los ciudadanos nos olvidamos de la importancia del docente. La politiquería actuó para generar una situación en la cual un docente se convirtió en un jornalero de la educación, con el resultado de mucha gente sin vocación y motivación dando clase, mal pagados, desasistidos y peor preparados para atender en pésimas condiciones materiales y de seguridad a unos alumnos que mal pueden adquirir unas virtudes y competencias que ni sus tutores ni el entorno pueden transmitirles.
Aunque suene apodíctico, mi pretensión es generar discusión y debate. Trato de exponer la perspectiva que tengo, y bien puedo estar equivocado. Obsérvese que descarto otros vicios que, pudiendo ser efectivos, considero minoritarios y subsanables, siempre que toda la sociedad se involucre en el diseño y vigilancia de los proyectos educativos de la sociedad venezolana.
El tercer aspecto y, a mi modo de ver, el más sencillo, es el referido a la oferta académica superior. A fin de cuentas, quizá la solución de toda la problemática consista en solventar este aspecto, junto con la atención y la nivelación hacia el incremento cualitativo general de la educación que se imparte en los niveles básicos. Si somos coherentes, desaparece hasta el problema posterior de cómo hacer autorrealizados y productivos a todos los profesionales que nuestro sistema educativo genere.
Considero que no necesitamos más universidades. Lo que necesitamos es invertir en las ya existentes, con las debidas previsiones de apertura a la vigilancia social, de manera que ellas puedan incrementar su matrícula y atender a una cantidad exponencialmente mayor de bachilleres, si ello es necesario, incluso dictando los cursos de nivelación correspondientes para aquellos que actualmente sabemos que no están en condiciones de encarar con éxito la exigencia del nivel universitario. Del mismo modo que no se quiere que un grupo secuestre el proceso educativo de todos, también se rechaza que un grupo se apropie de una universidad pública, cualquiera que ella sea.
Yo veo en esto sólo ventajas. Incluso desde el aspecto del empleo podrían beneficiarse muchos profesionales que hoy manejan taxis o practican el comercio informal porque no consiguen empleo, siendo que podrían ser más productivos socialmente educando y ayudando a otros a insertarse en los niveles superiores de la educación.
Pero si el gobierno, éste o cualquier otro, olvidando que es responsable de la administración y no dueño del Estado, decide que va a mezquinar y reducir el presupuesto universitario, o que va a darle recursos discrecionalmente sólo a aquellos que canten la canción que desee escuchar, resultará perjudicada toda la sociedad, no sólo los circunstancialmente excluidos.
La solución al problema de la oferta académica es que, con mayores recursos presupuestarios, se construyan módulos de las universidades nacionales regionalmente, allí donde sea menester, para la formación de profesionales, con énfasis en los más necesarios en la región: médicos, ingenieros, arquitectos, docentes, técnicos y científicos en las más variadas ramas. Se genera empleo, arraigo familiar y se incrementa el impacto cuantitativo de la educación superior.
Venezuela es un país geográficamente pequeño y cuenta con los recursos económicos suficientes para asumir una acción colectiva como la propuesta, sin necesidad de mayor sobresalto. Podemos, si socialmente lo decidimos, incluso superar los niveles de inversión educativa recomendados por los organismos internacionales. Por supuesto, la vigilancia de la sociedad es fundamental. El ciudadano debe comprometerse a velar porque lo así ganado no se pierda.
La superación de nuestra actual desigualdad ciudadana es primeramente responsabilidad de quienes ya hemos accedido al beneficio de una educación superior, sea cual sea nuestro nivel. Despreciar al que es menos social o académicamente, y negarle el acceso a las decisiones en asunto de tanta importancia y que tanto le concierne, aunque él mismo no lo sepa bien, es continuar encerrados en el círculo vicioso que nos ha traído hasta el presente. El ser humano merece respeto solamente por esa condición. Pero cuando me paro a discriminar y a negar oportunidades sólo por prejuicios que no quiero detenerme a revisar, quedan inauguradas las tinieblas.
Por último, aquí hay que considerar el problema de la autonomía académica. Quien mayor pertinencia tiene para decidir acerca de la formación de sus alumnos es, primeramente, la universidad. Sin embargo, la universidad no está sola. Forma profesionales para la sociedad. De modo que el otro factor que debe plantear exigencias y vigilar el proceso educativo para que sea pertinente es la ciudadanía. Toda la ciudadanía, no sólo un grupo determinado según la perniciosa costumbre de la élite autodeclarada. Porque el precio de no hacerlo así ya sabemos la clase de desigualdades que comporta, y no creo que nadie en su sano juicio quiera responsabilizarse del riesgo de construir una sociedad desigual.
Finalmente, intervendría el gobierno. No, como se quiere ahora, en función rectora. Ya estamos cansados de eso. La humanidad no marcha en esa dirección. Nosotros podemos hacerla marchar en la dirección que queramos. Los gobiernos no son otra cosa que corporaciones humanas que la sociedad designa para representarla temporalmente y administrar el Estado que esa sociedad ha formado.
Según mi criterio, de esta nueva excursión al problema, resultan tres nuevas claridades respecto al problema de la educación superior: son las universidades y la ciudadanía quienes deben decidir y controlar lo referente a la educación superior, en primer lugar. Luego, el papel del gobierno debe limitarse a cumplir los dictados de la ciudadanía, y no al revés. De manera que el intento de intervenir en el proceso unilateralmente es erróneo y va contra los intereses del todo social. Tercero, todos debemos integrar la virtud del respeto al otro más allá de sus concretas condiciones socioeconómicas y académicas. Si no podemos ver al humano en cada humano, nada de lo anterior tiene sentido.

¿Quién debe ingresar a la educación superior?

La pregunta acerca del derecho que tienen los ciudadanos a recibir la educación que deseen, una vez cubierta la etapa básica y obligatoria de la misma, plantea un problema central de nuestro diseño social.
Como universitario, comenzaré por declarar que considero inadecuada la manera de plantear la discusión, porque se ha hecho desde perspectivas particulares, que sólo toman en cuenta intereses de grupos de poder político. El papel de los líderes estudiantiles universitarios, lamentable. Como soldaditos de plomo, o loritos, repitiendo consignas prescritas por otros, practicando la vieja política, decidiendo sin consultar y convocando a marchas sin contenido.
Aunque no debemos plantearnos el problema como si sucediera en una república aérea —uno de esos diseños platónicos de socialismo que se intenta construir considerando como agentes propulsores del mismo a hombres ideales, seres que no existen—, creo necesario partir, como en todo lo que tiene que ver con la acción política, de un proyecto.
El proyecto es necesario, porque obliga a ver de antemano los problemas. Permite asomarnos a la realidad deseada de modo simulado, pues no hay eticidad en realizar experimentos con el conjunto social.
Y si creemos que con la sociedad no se debe jugar, aunque esa sociedad no sea la mejor sociedad posible, menos podemos esperar que el proyecto sea un proyecto excluyente, concebido por un grupo para lograr sus intereses.
Nuestra posición inicial es, pues, una situación de desigualdades. Como sociedad, dada esa situación, contamos, en cualquier momento histórico, con debilidades, oportunidades, fortalezas, amenazas y expectativas. No debemos despreciar esos elementos al momento de diseñar nuestro proyecto social educativo.
La crisis obliga a trabajar. Y se trabaja mejor partiendo de un proyecto calculado con base en nuestra realidad sociopolítica y económica, que lanzándose hacia cualquier lado de cualquier forma. Lo que tenemos que hacer es trabajar sin cesar, ganando conciencia del problema. No es cambiar por moda, porque ahora haya que cubrir todo con un trapo colorado, para que los incautos se emocionen. Repito, la sociedad no es conejillo de indias.
Es una estupidez hacer las cosas por venganza, por ¡resentimiento histórico! Pero hacerlas sólo porque en otra parte se hace, o porque alguien dice que otra sociedad está más avanzada, o como hacía un antiguo jefe, porque lo leemos en un manual organizacional foráneo — si no nos vemos a nosotros mismos — no es sino otra estupidez.
El educativo es el proceso más importante que tiene cualquier sociedad. A través de él son transmitidos de una generación a otra, no sólo los variados y constantemente cambiantes conocimientos prácticos y técnicos necesarios para la adaptación al entorno humano del momento sino, más importante, toda la densidad cultural que especifica a dicha sociedad.
Por eso resulta arbitrario que un grupo, cualquier grupo, pretenda modificar a su antojo el proceso educativo de toda la sociedad. Es injusto. Sólo declararlo como intención es un crimen contra los derechos humanos de ese colectivo social.
Hay quien afirma, y tiene razón, que en el pasado hubo grupos que manipularon el proceso para lograr sus intereses, etcétera.
Concedido.
Pero los venezolanos no estamos obligados ni condenados a actuar como otros actuaron en el pasado, inferiormente. Y en esto creo tener razón práctica.
Este es nuestro reto actual. Saber poner a un lado los errores del pasado, saber perdonar a nuestros padres y diseñar un proyecto que permita construir una sociedad verdaderamente inclusiva, igualitaria, en la que el progreso individual y colectivo sea la posibilidad cierta y cotidiana para todos los que aquí habitemos.
Superar lo presente conservando nuestras raíces.


Todavía habrá quien diga que en el pasado todo fue mejor, etcétera.
Respondo a esto desde mi apreciación particular de la sociedad venezolana: no creo que haya algo de “mejor” en una sociedad mientras se multiplique de manera avasallante la cantidad de ranchos, el hacinamiento, los accidentes de tránsito, las enfermedades endémicas, los atracos, la violencia, la drogadicción, las familias mal avenidas, el consumismo, la corrupción, la especulación, el maltrato a los animales y al ambiente y un etcétera largo que gustosamente puedo especificar cuando haga falta.
Es pernicioso para nosotros el famoso prejuicio de la élite, de que la sociedad debe ser regida por los mejores. ¡NO!: Mejores en la igualdad debemos ser todos los venezolanos. Es una toma de conciencia necesaria para superar nuestro atraso caudillista.
Y sí, hay una distorsión educativa grave en el nivel superior de nuestra educación. Recuerdo el comentario superficial de una compañera, en uno de los inolvidables seminarios de la nunca suficientemente bien ponderada Escuela de Filosofía: “es que esas mujeres de los barrios son irresponsables, no pueden estar sin parir muchachos. La culpa es de ellas”.
“Estamos rodeados”, fue lo que pensé. Si los que acceden al nivel superior vienen, mayoritariamente, con este assembler de insensibilidad, ¿qué debemos esperar de los que ni siquiera terminan el primer grado de básica? ¿Cómo se libera a alguien de un prejuicio fundamentalista?
Esa es una realidad que hay que transformar. En ambos extremos. Progresivamente. Debemos apuntar a un diseño que permita una construcción compartida de una mejor calidad en el producto final. Debemos construir mejores seres humanos.
Sin embargo, es una mentira achacarle la responsabilidad exclusivamente al nivel superior. No está entre las atribuciones de un funcionario público ejercer la mentira. No es para eso que se les paga.
Bien, la primera conclusión que quiero establecer en esta serie es que el problema es de todos. No es responsabilidad exclusiva de nadie, y menos de los funcionarios públicos. Ellos no son dueños de la sociedad. En consecuencia, la acción política debe apuntar a involucrar de manera consciente a todos los ciudadanos, para lo cual hay que desmontar el engaño ideológico que pretende hacer que este problema sea percibido desde la simple emocionalidad.
Como se ve, abordar este problema exige la práctica de una organización política de la sociedad que no está hoy extendida entre nosotros, y que no puede ser el mero asambleísmo mayoritarista. Nuestro difícil reto es involucrar a todos respetando su especificidad, de manera que el diseño que se logre confiera oportunidades efectivas a todos, no sólo a un grupo. Para hacer esto hay que superar los propios prejuicios negativos, aquellos prejuicios según los cuales consideramos peyorativamente al otro. Y esto ya implica una actitud de cambio interno que, como todo cambio, es doloroso, pero a la larga resulta indispensable para aspirar mejores situaciones.
Lo dicho vale para todas las parcialidades.
Los ciudadanos debemos ejercernos como tales, e impedir que a este problema se lo trague la politiquería.

Anexo de hipocresía respecto al concierto en la frontera

Esta gente nos hace recordar constantemente, la canción de la muchachita aquella española, Melody, De pata negra. ¿Se acuerdan? “Esta gente no es de pueblo, esta gente no es de pueblo”… Aunque más bien, si la escucharon, la que se aprendieron fue más bien la otra canción de la misma chica, la que recomienda actuar “como los gorilas”.
Otra de las razones para rechazar el concierto anteriormente comentado fue, por insólito que pueda parecernos, que las canciones de algunos de los artistas del día son vulgares, como por ejemplo, La camisa negra, debajo de la cual Juanes declaró tener el difunto “p’enterrártelo cuando tú quieras mamita”…
Sí. Es vulgar.
Pero también es música del pueblo, no lo olvidemos.
Y queda mal en algunos salir como las prostitutas gazmoñas a reclamar por esa vulgaridad. El gusto por el arte lo establece el espectador, el consumidor. Como dice, creo, una de Charly García o Fito Páez: “Esto es verdad, si no te gusta, te vas”.
Y queda mal, porque cuando nos trasladamos al ámbito de lo público, del que se gana el sueldo a partir de los ciudadanos, encontramos en Venezuela casos recientes y constantes, notorios, públicos, de alguien que, en cadena nacional de radio y televisión le advierte a su esposa, entre carcajadas coreadas, quizá por quienes ahora se ofenden por lo de la camisa, que “esta noche te voy a dar lo tuyo”.
Claro, el significado es ambiguo. Como pudiéramos tornar ambiguo el difunto debajo de la camisa. Pero si luego, o antes, como funcionario público, voy y le ofrezco a la cancillera de un país extranjero "hacerle el favor cuando ella quiera", porque a mí me parece que le falta una cosa u otra, la figura adquiere mayor nitidez, quizá.
¿Y qué decir de lo que le puedo ofrecer a la oposición política, una vez que he decidido, arbitrariamente, despreciarla como “oposicionismo”, metiendo en un mismo saco todas las liebres que no me siguen?
Si como funcionario público, electo por los ciudadanos, se me antoja advertirles que tal día vamos, yo y mis seguidores, a jugar "rojo" con la oposición, y que después de "rojo" vamos a jugar "piragua", ¿cómo debe entenderse esto?
De dobles sentidos está lleno el discurso. Lo que sí no tiene doble interpretación es esto: el artista gana dinero por un producto que ofrece libremente, y que el consumidor decide o no aceptar. El funcionario público gana dinero…
Lo dejaremos en suspenso, ya que una de las tareas de construir sociedad y patria consiste, precisamente, en definir el rol, las responsabilidades de nuestros funcionarios públicos. Yo sugeriría que, a diferencia de la camisa negra, la actuación pública resulte abierta y transparente, sin hipocresía alguna.
Esta selectividad, esta manera extraña de discriminar lo que es vulgar y lo que no lo es, a mí se me antoja, cuando menos, hipócrita.
¿Ustedes qué piensan?

lunes 17 de marzo de 2008

Juanes, la paz y la homosexualidad

El 16 de marzo es una fecha especial en Venezuela. Si no lo fuese ya porque en fecha similar, hace 30 años, un nunca suficientemente esclarecido accidente acabó con la vida de Renny Ottolina —quien probablemente habría alcanzado la presidencia del país a finales de aquel 1978, dado el ya para entonces evidente fracaso del proyecto democrático, tras casi veinte años de demagogia excluyente—, habría de serlo por el histórico concierto organizado en la frontera entre Colombia y Venezuela por el cantautor colombiano Juanes.
Con asombro pude observar que el concierto no fue transmitido por ninguna de las emisoras de televisión del actual gobierno venezolano. Sus responsables no juzgaron importante mostrarle al público tal espectáculo.
El argumento puede ser —ya lo he escuchado— que ese concierto no tenía ninguna relevancia porque, en primer lugar, no hay necesidad de abogar por la paz pues no estamos en guerra.
Lo otro que escuché es que no se explica que si se rechaza a algunos funcionarios por su supuesta homosexualidad, no se entiende como a los “oposicionistas” no les ofenda la homosexualidad, supuesta o declarada, de algunos de los cantantes que participaron en el evento.

Estas tenemos.

Me parece oportuno señalar, con relación al primer “argumento”, que del mismo modo pensaron los europeos que se podía manejar a Hitler durante la década de 1930, cuando “no había guerra”. Para quienes desestiman la necesidad de abogar por la paz, en todas las formas y épocas posibles, desde la iniciativa ciudadana, es importante ocuparse de la guerra sólo cuando la haya.
No se trata, para quienes así parecen sentir y pensar, de que la paz sea algo deseable, una condición social para la cual haya que educar, un valor ético realizable en lo social a través del aporte ciudadano. No. Para ellos es sólo una patraña interesada, un empeño imperialista por abatir las “fuerzas insurgentes”.
La guerrilla, el militarismo, el secuestro, la vacuna, los atentados, las minas antipersonales no son, para quienes expresan esta opinión, un problema actual. Según ellos, es la fantasía desbordada de quienes sólo tienen por objetivo “empañar” y ¿desmeritar? la imagen “gloriosa” de nuestro “sagrado” proceso.
Por otra parte, al parecer no es la incapacidad y la injusticia con que ciertos funcionarios llevan a cabo su actuación pública la razón de la oposición. Según estos argumentos, los opositores adversan la condición homosexual de tales funcionarios, no su ineficiencia.
El empeño de ver las cosas únicamente en blanco y negro distorsiona la perspectiva de muchas personas en una época como la actual.
La paz es algo que debemos desear y construir todos cada día, con nuestra actuación cotidiana. No es un estadio que se pueda alcanzar inertemente, sino que requiere esfuerzo, conciencia, sentido. Es cuestión de raigambre cultural.
Es una falta de criterio grave simplificar las cosas con respecto a la elección de género porque, además, esconde en sí el racismo que no nos cansamos de denunciar en este proyecto pretendidamente socialista. Eso aparte de la desinformación generada al, sencillamente, no transmitir el concierto. Cercenan las posibilidades de objetividad de su propio público. Si eso no es desprecio, entonces, ¿qué es?
Que el otro se casó con un hombre, o que a fulano le encontraron un cargamento de espermatozoides en el estómago, o que los vieron en público a los dos, hembra hombre y hombre hembra, o cualquier otra combinación, dándose un beso más obsceno que los todavía damnificados del deslave de Vargas o los indigentes que pueblan nuestras calles es asunto exclusivo de ellos. Mientras no traten de imponerlo en las vidas ajenas, están en su derecho, si no pueden o no quieren canalizar de otra forma su sexualidad.
Si vamos a juzgar a los artistas porque sean o no homosexuales, utilizando un criterio que obvia, quizá premeditadamente, la eficiencia o la ineficiencia, el aspecto de la calidad, debemos entonces prohibirnos la música de Elton John, George Michael, Simone, Juan Gabriel, Ana Gabriel y un largísimo etcétera, que aquí significa quién sabe cuantos más. Con respecto al arte el juicio depende del gusto personal. Con respecto a la administración pública, no.
En general, el desprecio y el fanatismo sólo han servido para construir la humanidad abusiva y violenta que hasta hoy nos hemos dado. Eso parece no querer cuestionarlo buena parte del oficialismo venezolano actual y muchos de sus seguidores. Tenemos que buscar caminos de unión, de paz y de concordia, pues así construiremos un mejor futuro, amplio, incluyente, constructivo, pacífico. Lo demás es fascismo. Don’t forget García Lorca.

domingo 16 de marzo de 2008

Estos panitas se botaron hoy. ¿Ustedes qué piensan?


Juanes, Carlos Vives, Juan Fernando Machado, Ricardo Montaner, Alejandro Sanz, Juan Luis Guerra y Miguel Bosé.



Todos se ganaron bien el aplauso de hoy, aunque hay cosas que quedan todavia por analizar en torno a la conciencia, o la falta de ella, que los asistentes parecían tener frente al tema de la guerra. Pareció no comprenderse la importancia política del hecho; mucha gente pareció ir exclusivamente a disfrutar la fiesta. ¿Cómo podemos ser felices y tener fiesta si no nos ocupamos también y primero de lo importante?...

domingo 9 de marzo de 2008

En torno a nuestra condición ciudadana


¿No te ha sucedido sentir desesperanza de tu ciudad, de tu país, en ciertas ocasiones, cuando por acaso te colma la dolorosa lucidez de que algo no concuerda del todo entre la gente en ella —la gente anónima de todos los días, y la que no lo es tanto, o no lo es del todo— y tú? ¿No te ha pasado sentir que uno de los dos términos de esta oposición está mal?
A menudo se habla —hablamos, discutimos, reflexionamos— acerca de ciudadanía, de educación, de valores, de educación en valores. Pero cuando sales a la calle, cualquier calle, y te hiere la suciedad que permitimos, nos permitimos, los indigentes, los buhoneros, el ruido, el atropello, la arrogancia ajena, el desconocimiento de la condición humana del otro, que con triste frecuencia podemos observar en Caracas, o Maracaibo, o San Cristóbal, o Valencia, o, ¿no has sentido alguna vez que la ironía iza su bandera en tu rostro, y te exprime esa sonrisa amuecada que expresa, “esta gente no es de pueblo”?
Muchas veces, el otro desconocido eres tú mismo. O sea, sí te ha sucedido, lo has vivido…
Claro, el primer comportamiento que hay que estudiar, que revisar, que criticar, es el propio. Me parece, al menos. Pero también me parece que, en general, nos es más fácil mirar hacia fuera que mirar hacia adentro. Y sostener la mirada, cuando enfrentamos el monstruo. Por ello nos salen fácil expresiones del tipo: “francamente”, “la gente…”, “aquí no se puede vivir”, “esto no tiene solución”, “este país es una mierda”…Etcétera.
Pero, ¿y yo? ¿No seré acaso tan criticable, despreciable o condenable como aquellos otros a quienes reprocho?
En el metro, en las aceras, caminamos como si los demás no existieran, nos demoramos, ocupamos la acera o las escaleras en su totalidad, sin necesitarlo, llevamos a los niños pequeños de la mano, no cargados o delante de nosotros, sino a nuestro lado, exponiéndolos a que los atropellen —porque a muchos se les sale, y demuestran con ese proceder que, o no tienen conciencia del niño, o no les importa— como si los demás tuviesen que someterse a nuestro ritmo espacial, a nuestra percepción del tiempo.
Si nos piden permiso, lo concedemos a regañadientes. A la inversa, atropellamos, empujamos. Nos sentamos, en el metro o el transporte superficial, como en el sofá de nuestra casa, ocupando asiento y medio. Nos coleamos en las filas, sin importarnos la necesidad, la edad, la salud o el tiempo que tengan los bultos que postergamos, digamos, esperando un autobús que sale a una hora determinada. Porque el otro es, en todos estos casos, un objeto, una lata, un estorbo. Ahorraré los episodios de racismo y otras discriminaciones.
En las calles, conduciendo, es lo mismo. Te cambias de canal sin poner las luces, sin avisar ni pedir paso, pero no le concedes paso a otro. Y ni te quiero hablar de lo que haces con el peatón. Aceleras, lo presionas para que se apure, lo insultas, sin saber en qué condiciones de salud está ese bulto que te estorba allí adelante, al que le pueden fallar los apoyos que ni siquiera le piensas, y entonces tu necesidad veloz puede devenir… ¿Qué puede devenir?
La luz amarilla es para acelerar y, si no te queda sino detenerte, lo haces sobre el rayado y volteas o bajas la mirada dentro de tu vehículo, no sea que algún objeto vaya a mirarte con reproche o insultarte, función con la que esos extraños artefactos están programados. Que cruce por donde pueda. Porque, para ti, es el conductor el que tiene la prioridad de paso, no el peatón. El peatón que se joda.
La puerta del metro o el ascensor es para abalanzarse, porque lo que aparece cuando se abre es follaje molesto, que te incomoda y nubla tu felicidad.
El episodio de esta serie que a mí de verdad me conmueve, el que nunca olvidaré, es el de quienes niegan el paso a los peatones cuando está lloviendo, o mantienen la velocidad, no importa si hay un charco y baña de agua dudosa a algún bulto que puede ser lo que en otros ámbitos se conoce como anciano, o estar enfermo, o quién sabe si con la mejorcita ropa que tiene o pidió prestada, el objeto allá afuera, que te demora y causa que tu carro se moje más, trata de alcanzar la oficina donde tiene una entrevista de trabajo, después de algún tiempo de vacaciones forzosas.
¿Y el ambiente? ¿Qué es eso por donde caminas, avanzas, esa manta extendida multiforme, ese no-tú, no-yo donde arrojas donde y como sea los desechos de tu actividad? Probablemente, su función sea ésa, ¿verdad?, ser recipiente de la indolencia y la violencia que no cabe en nuestro ser. Tal vez por eso quemamos basura al aire libre, o quemamos el Ávila o abrimos trochas cuando estamos aburridos, o lo llenamos, como llenamos las playas y el mar, de botellas y latas y condones y colillas de cigarros y plástico. Eso ni siente ni padece. Total, yo no me voy a quedar a absorber todo ese humo…
Entonces, sí. Está muy bien todo este considerar la ciudadanía, la educación, los valores. Es nuestra tarea. Pero nosotros, porque hay que comenzar por la casa, los venezolanos de cualquier ciudad o pueblo o barrio o urbanización —aunque tierra adentro los venezolanos parecemos otra cosa, somos quizá más humanitos, sin ser por ello perfectos— necesitamos humanizarnos, comenzar a ver a los otros, a ponernos en su lugar, a encontrarnos.
Observa que no me he metido aquí con los componentes ya descompuestos del cuerpo social, los delincuentes y otros antisociales…
He aquí una de las causas básicas por las cuales los divisores han intervenido nuestra sociedad profundizando la fragmentación. Saben que el desprecio está como componente en la CPU de la mayoría de los modelos de venezolano. Entonces, nada, resulta fácil explicar esos comportamientos combustibles encendiendo las cerillas de la violencia. Y la gente se engancha, nos enganchamos, se deja, nos dejamos llevar por ese fuego intencional.
Aquí es necesario cambio. Cambio en las actitudes, que debemos generar, primeramente en nosotros. Afirmados en esto, debemos sembrar el respeto por el otro, la no discriminación, la no violencia, la tolerancia, el conservacionismo en nuestros hijos, en nuestra familia. El hogar es el punto de partida. Dejemos de lado las soluciones inmediatas. Sepamos que poco cambia con nuestra acción individual. Pero cambia. Hace la diferencia.
Lo que tenemos que hacer es enseñar, enseñarnos, a nosotros, a otros y a nuestros niños mutua, constantemente, que la vida toda puede ser vivida en otros términos, mejores términos, términos de empatía y paz constructiva y consciente, sólo con que nos conectemos, que nos detengamos a estudiar con amor y frialdad el problema, a diseñar las soluciones, a proponerlas, a implementarlas.

Para todo lo que vendrá: paz, fuerza y alegría.

Pero esto es sólo si te gusta del todo lo que ves…

La era del mundo loco

Esta crónica es de la época en que la demagogia todavía necesitaba a los buhoneros en Libertador...
EL OFICIO DEL ESCRITOR ******* D.A.RAVELO MARTÍNEZ
LA ERA DEL MUNDO LOCO
ABRIL 30, 2007


Estás en Chacaíto, a media tarde, y vas hasta la Universidad. Tienes tiempo, tienes ganas de caminar, la tarde es fresca. Pero no. Prefieres mil veces pagar, sufrir en el metro las máquinas tragamonedas o las desordenadas colas —lo que la gente entiende por colas en Caracas, gusanos permeables hechos de gente, que se retuercen dejando que otra gente atraviese su cuerpo en una y otra dirección, sin dejar de ser el gusano— sumergirte en el pandemonium de ruidos, en la ebullición rugiente del gentío que corre en todas direcciones, como las abejas cuando les destruyen el panal, escuchar anuncios institucionales cada vez más y más dogmáticos, antes que caminar esas pocas cuadras que tanto sabor tenían antes.
A esas horas te sientes rodeado, la verdad. La Casanova es un hervidero, con humo y todo, de carros, taguaras extrañas, recogelatas, borrachos, basura y olores diversos, y choros de variada laya. Añádele cuanto ha traído consigo El Recreo… La Solano ofrece más posibilidades de sosiego, hay que admitirlo, el tráfico es menos brutal. Pero sólo menos. Allí también los monstruos acechan siempre, igualito que dos cuadras hacia el sur. Solución: el boulevard.
A veces te invade el espíritu de Indiana Jones, y decides sudar como un condenado, dispuesto al olor a pincho, a la salsa y el vallenato, a ensayar capoeira básica esquivando toda clase de gente, a las escenas de sexo y los tiroteos de las películas que ponen en los puestos de películas quemadas, a los videos de chicas bailando reggaetón del crudo. Tienes tiempo, te sientes bien, estás dispuesto. Piensas curiosear los tarantines. Iluso. ¿Dónde crees que estás?
Caminas, ingenuo como Caperucita, pero a medida que la vaina penetra tu ánimo, te conviertes en lobo. Y no en cualquier lobo, sino en uno de los más feroces.
Los buhoneros son tan arrechos que convirtieron el boulevard de Sabana Grande en un caserío. Desde hace mucho es el peor barrio de Caracas. Babilonia, de eso no hay duda, allí pasa de todo. Pero que haya paredes de colgadores que te obligan a andar como un ratón, buscando rendijas hacia la acera o hacia el paseo… ¡Y Dios te libre de decir algo, de mirar con molestia a alguno, o tropezar mercancía, la que sea!
Por instantes sientes ganas de tener el poder de Neo, dar un puñetazo en el pavimento y hacerlos saltar a todos por los aires, y que se queden allí, como los clones del Sr. Smith, desbaratar la apariencia externa de la matriz en medio de la tarde, mientras caminas hacia tu destino y tal vez piensas qué hacer con ellos.
Luego te rehaces, y cuestionas con menos rudeza los chamitos con la barriga al aire, jugando descalzos entre la basura y los diversos líquidos que fluyen oscuros y hediondos alrededor de muchos de esos puestos. Sigues valiente, tienes espíritu. Dices “buen provecho” al que come solo allí, mientras atiende bien o mal a los clientes y está pendiente de muchas cosas. Ves a la pareja que comparte un perro caliente y un refresco, hay que guardar, las ventas no están buenas hoy, vendrán tiempos mejores. Y como decía aquel cantante, agarras bien tu cartera…
Los buhoneros no son los únicos responsables. Entre politiqueros y chupasangres los han arrinconado a buscar sobrevivencia en ese esfuerzo irregular. Son víctimas de un menosprecio abstracto, que no se entiende con facilidad.
Ya en la Universidad, después de este paseo a otra cosa, te parece que lo que acabas de ver no encaja en el esquema de proactividad que sugieren los manuales de recursos humanos, estar recién graduado al mismo tiempo que tienes veinticinco años de edad y diez años de experiencia en cargos similares.
Es la era del mundo loco.

viernes 7 de marzo de 2008

Sucede... ¿Lejos y afuera?

Mientras dormimos en nuestra autocomplacencia, otros tienen esto...


¿Qué haremos?

jueves 6 de marzo de 2008

Viajando a Caracas

EL OFICIO DEL ESCRITOR ******* D.A. RAVELO MARTÍNEZ
VIAJANDO A CARACAS
ABRIL 28, 2007

Caracas es extraña, un valle rodeado de colinas en las cuales las viviendas ofrecen una bizarra combinación rural y urbana, como si más de un mundo acechara detrás de la composición del primer plano. Yace como una sacerdotisa recostada para descansar un momento a los pies del dios Ávila, apenas culminado algún mágico rito .
Su diseño original era apropiado para una vida de tracción de sangre. Sin embargo, su crecimiento devino anárquico, no se pensó el asunto, y decidieron atarla con tres largas correas de asfalto que la cruzan de oeste a este; recorrerla en automóvil, desafiando la maraña de sus restantes rutas polares, sería saltar como un trapecista que utiliza tres trapecios
paralelos .
A diario entraba y salía de Caracas una cantidad espeluznante de vehículos públicos y particulares. En ciertas horas sus calles y avenidas parecían contener varias orugas metálicas gigantes y multicolores, que se movían con caluroso y lento
ruido.
El tráfico en la urbe desbordó la capacidad de respuesta de sus cinco alcaldes, cuyo desacuerdo era como un ensayo de The Banana Splits, con Eminem como
invitado .
Así, día tras día tras día, en las rutas periféricas, inmensas colas traían a quienes desarrollaban sus actividades en la ciudad. Los conductores privados fumaban y escuchaban radio, esperando. La gente viajaba dormida en los autobuses, sin ver mendigos o suciedad, respirando el aliento de los que roncaban completando su sueño y escuchando reggaetón mañana, tarde o noche, en los vehículos públicos.
Uno de tantos días, en la ruta incrustada como un machetazo de asfalto al pie del Ávila, repentinamente, un joven bajó de la camioneta que conducía, tomó con violencia un ramo de rosas que llevaba y, dejando abierto el vehículo, se internó unos metros en el cerro.
El hombre se desplomó llorando sobre la tierra, dejando caer las rosas, regando con lágrimas tierra y flores. Luego se levantó, con rostro aliviado, y regresó a la vía, por donde caminó alejándose del vehículo.
De inmediato brotó una fuente de agua fresca justo en el lugar de las rosas sobre las que lloró, y surgió un rosal multicolor que se multiplicó vertiginosamente, invadiendo montaña, asfalto,
vehículos . Una lluvia suave comenzó, ayudando al despliegue de las rosas, que cubrieron todo desbordadamente .
Comprendiendo, todos abandonaron sus máquinas, y comenzaron a caminar, recogiendo flores, aspirando su fragancia y dejándose acariciar por la lluvia, hacia la ciudad, por la cual se expandían, endémicos, las flores y los retoños.
Hoy la vida en Caracas es otra. Todos han retornado a los tiempos antiguos, las antiguas creencias. Los automóviles quedaron olvidados, oxidados todos bajo la maleza. La flora recuperó su espacio, los animales silvestres parecen haber regresado del exilio, y hace ya tiempo que los caraqueños decidieron utilizar, provisionalmente, mulas y caballos para trasladarse dentro y fuera de la ciudad. El aire ahora es bastante limpio. El clima ha recobrado la frescura de otros tiempos. Lo más traumático es el acceso desde La Guaira. Al parecer, las mulas se niegan todavía a cruzar un puente a semejante
altura . Esperen todos sentados, dirán ellas.